Una planta de dispositivos médicos inspecciona el cien por ciento de sus lotes, tiene los registros de liberación firmados y aun así recibe una no conformidad mayor por el proceso de sellado. La razón es que la inspección visual del sello no demuestra que el sello sea hermético, y para saberlo habría que destruir la pieza. Ese es exactamente el tipo de proceso que la norma trata aparte y que exige validar antes de producir.
La definición es funcional, no una lista cerrada: es especial todo proceso cuyo resultado no puede verificarse por inspección o ensayo posterior del producto, o cuyas deficiencias solo se manifiestan cuando el producto ya está en uso. Si la única forma de comprobar que salió bien es destruir la unidad o esperar a que falle en campo, la inspección final no funciona como control y hay que trasladar el control al proceso mismo.
Validar no es correr tres lotes y archivar los resultados. Es demostrar con evidencia documentada que el proceso, operando dentro de parámetros definidos, produce de forma consistente un resultado que cumple los requisitos especificados. Eso obliga a definir primero cuáles son esos parámetros y sus rangos, con qué criterios de aceptación se juzga el resultado, qué equipo se usa y bajo qué calificación, quién está autorizado a operarlo y con qué competencia acreditada, y cada cuánto se revalida.
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La validación inicial suele hacerse bien porque coincide con el arranque del producto y hay presupuesto para ella. El hueco aparece después: cambió el proveedor del material de empaque, se sustituyó la selladora por una equivalente, se movió la línea de lugar, se ajustó un tiempo de ciclo para ganar productividad. Cada uno de esos cambios exige evaluar si la validación sigue siendo válida, y la respuesta debe quedar documentada aunque sea negativa. La observación típica no es que falte la validación original, sino que la planta lleva dos años operando con parámetros distintos a los validados.
Los procesos especiales no se eligen por costumbre ni copiando la lista de otra planta: salen del análisis de riesgos del producto. Si el peligro es que una barrera estéril falle en tránsito, el sellado es crítico y su validación tiene que ser proporcional a ese riesgo. Esa trazabilidad —del riesgo al control, del control a la validación, de la validación al parámetro que se monitorea en piso— es lo que un auditor recorre, y es donde se nota si la lista de procesos especiales fue razonada o heredada.
El trabajo práctico empieza por clasificar cada proceso de manufactura contra el criterio de verificabilidad, sin dar nada por sentado, y contrastar la lista resultante con los parámetros que realmente se corren hoy en piso. En Nuevo León, donde el clúster de dispositivos médicos de Monterrey concentra fabricantes que exportan y responden ante auditorías de cliente además de las de certificación, esta revisión suele revelar procesos validados una sola vez hace años. En la Consultoría ISO 13485 en Monterrey se empieza por ahí, porque revalidar a tiempo cuesta una fracción de lo que cuesta contener un lote ya embarcado.
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