La ISO 9001 dedica una cláusula completa a los objetivos de calidad y es de las más incumplidas en la práctica. La norma pide que sean coherentes con la política, medibles, que consideren los requisitos aplicables, que sean pertinentes para la conformidad del producto y la satisfacción del cliente, que se les dé seguimiento y que se comuniquen. Con esa lista delante, la mitad de los objetivos que se ven en las auditorías no califican: son intenciones redactadas en bonito, sin forma de saber si se cumplieron.
Es una dirección, no un objetivo. No dice cuánto hay que mejorar, contra qué punto de partida, para cuándo ni quién responde. Cuando llega la revisión por la dirección, nadie puede afirmar si se logró, y la discusión se vuelve una opinión. Un objetivo medible resuelve eso antes de empezar: define la magnitud del cambio, el plazo y la fuente del dato con la que se va a comprobar. Ese es el sentido de que la norma exija que sean medibles y objeto de seguimiento.
Corregir el objetivo vago a veces lleva al extremo contrario: objetivos perfectamente medibles pero irrelevantes. "Impartir 12 capacitaciones al año" o "realizar 4 auditorías internas" son metas de actividad, no de desempeño. Se cumplen aunque nada mejore, porque miden lo que la organización hace, no lo que consigue. Un objetivo pertinente mide un resultado —reducir el reproceso, bajar las entregas tardías, disminuir las quejas recurrentes— y deja la capacitación o la auditoría como la acción para lograrlo, que es su lugar correcto.
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La norma pide que los objetivos se establezcan en las funciones, niveles y procesos pertinentes, y no fija una cantidad. En la práctica, un puñado de objetivos con seguimiento real vale más que veinte que nadie revisa. El criterio útil es que cada objetivo tenga dueño, dato y una decisión asociada cuando se desvía: si nadie hace nada distinto al ver el número, ese objetivo sobra. También conviene que los de proceso alimenten a los generales, para que la mejora local se note en el resultado global.
Un objetivo se sostiene si su indicador se actualiza con la frecuencia definida y se revisa a tiempo para reaccionar. Cuando esa medición vive en hojas de cálculo repartidas, el dato llega tarde y solo se arma completo para la revisión por la dirección, que es justo cuando ya no se puede corregir el año. Con un Software de indicadores y objetivos de tu sistema de gestión cada objetivo queda ligado a su indicador, su línea base, su meta y su responsable, con el avance visible y el histórico que demuestra la tendencia. En la auditoría se muestra en pantalla, y en la revisión por la dirección la discusión es sobre qué hacer, no sobre si el número está bien.
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